Milagros de 1983 a 1989



Para la Beatificación de un siervo de Dios, sólo se requiere UN milagro. Ya teníamos dos, y por si había duda, el tercero se dio en la persona del Dr. ramón Larez Albornoz, prestigioso médico cirujano de Maracay. A pesar de que su carta está fechada el 01 de marzo de 1983, su curación, según el relato, ocurrió en el mes de octubre anterior. textualmente se expresa así:


::::Sorpresivamente, una enfermedad cuya sintomatología, condujo a la creencia de que se trataba de una afección pulmonar, me llevó a comenzar un tratamiento suscrito por dos colegas especialistas en el ramo; sin embargo, mi estado de salud presentaba ciclos alternos de mejoría-desmejoría hasta el punto de llegar a sentirme verdaderamente afectado. Consulté a otros médicos quienes después de una prueba clínica y una sintomatología de la enfermedad, dieron el diagnóstico acertado de un absceso hepático amibiano, cuyo tratamiento más indicado sería la intervención quirúrgica. Como médico, acepté todas las evaluaciones, diagnósticos y tratamientos indicados por mis colegas como los que humanamente corresponía hacer; sin embargo, quería que en mí se realizara la curación sin llegar a la cirugía y fue así como se nos recomendó la intercesion de la Madre María de San José, a quien acudimos. Luego de un tratamaiento médico severo, observé gran mejoría, pero mi estado de salud comenzó a deteriorarse nuevamente con una sintomatología diferente a la de la enfermedad inicial. Se consideró que tenía intoxicación de medicamentos, pero en realidad había suspendido el tratamiento de èstos con una confianza absoluta en la Madre maría. Efectivamente, a inicios del mes de octubre, practicados nuevos exámenes médicos diagnosticaron una mejoría notable y para muchos colegas como para mí, fue sorpresiva sin el tratamiento quirúrgico prescrito. Considero razones valederas éstas para enfatizar los extraordinarios favores de esta insigne aragüeña y hacer votos por su pronta beatificación.


::::Irene Pino (Maracaibo): Desde hacía veinte años fumaba de tal manera que últimamente consumía tres paquetes diarios, o sea sesenta cigarrillos al día. Sentía que moría paulatinamente, pero no era capaz de dejarlo. A riz de un accidente, mi hermano había quedado inútil del brazo derecho para lo cual debía someterse a una rehabilitación de dos años. Ofrecí a la Madre María dejar el vicio del cigarrillo, y mi hermano sólo necesitó dos sesiones de rehabilitación, pues su brazo recuperó el ejercicio normal.
Igualmente doy gracias porque un amigo de la familia: después de 24 años de ser esclavo del vicio del alcohol, se regeneró.