4. Amor a la Iglesia


Dado que para nuestra Madre María, el bautismo revistió especial significación en su vida, elijo tomarlo como punto básico en el enfoque de su amor a la Iglesia. Entre los diferentes modos como Dios se nos comunica, están los sacramentos, y de ellos el sacramento base es el BAUTISMO; sobre él asientan los demás sacramentos y constituye el comienzo de la vida cristiana, la puerta de la Iglesia. San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios nos dice: "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados para no formar sino un solo cuerpo" (12, 13). El bautismo nos hace criaturas nuevas; es un nuevo nacimiento en Cristo, a quien desde entonces pasamos a pertenecer.

Es interesante constatar que nuestra Madre María de San José, desde 1900 inicia sus escritos espirituales con una acción de gracias por su bautismo y una renovación del mismo, y sobre éste, como roca firme, levanta todo el edificio de su espiritualidad, en época en que este sacramento aún no había sido revalorizado, como hoy.

Anualmente por esta fecha (13 de Octubre), celebra su bautismo con un retiro, en el que da gracias a Dios y a la santísima Virgen por haber sido admitida a la Iglesia de Cristo como hija de Dios; por haber sido "alistada a la falange cristiana". Y no contenta con agradecerlo, actualiza su bautismo mediante la renovación de las promesas bautismales.

En 1928, el 13 de octubre, ofrece su vida por Venezuela, y en 1936 declara:

"Para mí este es un día muy grande, porque conmemoro el feliz día en que fui admitida por el santo bautismo a la Iglesia. Soy hija de la Iglesia, y por tanto, estoy dispuesta a dar mi vida por defenderla. ¡Cuánto sufro, amado Jesús, al ver los desastres del comunismo!... Felices almas que han dado su vida por la fe".

Este amor a la Iglesia se tradujo en obras, en actitudes de filial afecto, sumisión y veneración al Sumo Pontífice, a las autoridades eclesiásticas; a los sacerdotes, a quienes favorecía, no sólo con su oración, sino con generosas y oportunas ayudas económicas, según sus posibilidades. La sumisión a dichas autoridades estuvo siempre subordinada a la voluntad de Dios.

Una anécdota a manera de ilustración de lo expuesto:

En la década de los 50, una Hermana joven, al entrar a la oficina de la Madre María, la encontró escribiendo una carta de rodillas. Ante la extrañeza de la juniora, nuestra Madre parcamente susurró: - Escribo al Santo Padre.

En los acontecimientos significativos de la Iglesia, estaba ella presente mediante afectuosas y reverentes cartas de felicitación, de adhesión, de solidaridad, a quien correspondiese.

Conservamos un escrito suyo que titula: Protesta ante el Santísimo Sacramento:

"Tomo la resolución de perseverar siempre invariablemente adicta a la Santa Iglesia, al Soberano Pontífice, centro de la unidad católica, Pastor universal y Padre espiritual de todos los creyentes. Veneraré en él al Vicario de Jesucristo, y puesto que conozco las tribulaciones que le hacen sufrir, (las) de muchos de sus hijos; puesto que sé cuánto gime en vista de los inmensos males que afligen a la Iglesia, tomaré parte en sus dolores, como toma una hija en las desgracias de su padre y de su madre. Me esforzaré en dulcificar sus penas cuanto me sea posible; en consolarle con mi afecto, y sobre todo, en unir mis oraciones a las de tantas almas piadosas, que no cesan de suplicar al Señor en unión de la santísima Virgen, a fin de que ilumine [convierta] con su divina gracia a los enemigos de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, y nos dé la verdadera paz". (Sin fecha)

"El que ama a la Iglesia - dice San Agustín - posee el Espíritu Santo".

De cara a la misión apostólica, la fundación de la Congregación junto al Padre López Aveledo, es una obra trascendente que durante cien años ha hecho presente a la Iglesia en medio de los pobres mediante cuarenta fundaciones de obras benéficas (dos no llegaron a consolidarse), enriqueciendo al Cuerpo místico de Cristo, ante todo con la vida de santidad evangélica, y derivados de ella, el testimonio y la evangelización directa e indirecta, más la catequesis, integrada en su misión peculiar. ¿Qué acopio de virtud y de gracia no se generó y se genera a través de estas comunidades de fe, de consagración, de oración y de misión?