2. Base bíblica de la significación simbólica del matrimonio


En el libro del Cantar de los Cantares, o Cantar por excelencia, según los doctores judíos el amor de Dios por Israel y el del pueblo por su Dios, es interpretado en sentido alegórico como las relaciones entre dos esposos. Es el mismo tema del matrimonio que los Profetas desarrollan desde Oseas: Oseas vive y anuncia la alianza de Dios con Israel como alianza matrimonial. Jeremías califica a los dos reinos separados como esposas infieles de Yahveh (3, 6-13), y equipara la alianza con el matrimonio entre Dios y su pueblo (31,32). En Ezequiel 16 y 13, se pinta drásticamente la imagen del adulterio por la apostasía de Dios y el retorno a la idolatría. Los antiguos autores eclesiásticos siguen idéntica línea; pero la alegoría se convierte en ellos en la de las bodas místicas de Cristo con su Iglesia.

En el nuevo Testamento (2 Cor 11,2) el apóstol Pablo como padre espiritual de aquella comunidad de Corinto, les escribe: "Os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo". En la carta a los efesios, (5, 21- 33), el autor establece un paralelo entre el matrimonio humano y la unión de Cristo con la Iglesia: a Cristo se le puede llamar "esposo" de la Iglesia porque es su Cabeza y la ama como a su propio cuerpo, como sucede entre marido y mujer. El simbolismo empleado hunde sus raíces en el Antiguo Testamento, donde como ya quedó señalado, Israel aparece con frecuencia como esposa de Yahveh.

En el libro del Apocalipsis se nos presenta un simbolismo nupcial ya desarrollado: En 19, 7 y siguientes, la esposa, que es la Iglesia del cielo, se ha engalanado para las bodas del Cordero. En 22, 17-20 clama juntamente con el Espíritu por la vuelta del esposo para que la lleve consigo a las nupcias eternas. Según 21, 2-9, la Jerusalén que desciende del cielo, es la comunidad de salvación "ataviada como una esposa que se engalana para el esposo". "La novia, la esposa del Cordero".

En el antiguo Oriente, la novia después de bañada y adornada, era presentada al prometido por los invitados a las bodas. En el caso místico de la Iglesia, Cristo mismo es quien purifica a su prometida mediante el baño del bautismo; la hermosea con su gracia. De análoga manera, el esposo Cristo cubre de dones y virtudes a su esposa María de San José "vistiéndola de perlas y brocado", regalos que ella sabrá cultivar con amorosa fidelidad.

A ella podemos aplicar las palabras de Dios dirigidas a Israel por boca de Isaías en un contexto nupcial: "Yo te he llamado por tu nombre. Eres mía y yo te amo... En las palmas de mis manos te he grabado y tus muros están sin cesar ante mis ojos". "Canta himnos de alabanzas y júbilo, porque tu dueño y esposo es el Señor. El hace de rubíes tus almenas, tus puertas de cristal y todo tu recinto de piedras preciosas".