3. Hostia con Jesús Hostia


Sí, es cierto que nuestra Madre María es una contemplativa del "dulce y querido Prisionero del amor"; que él forma sus más puras delicias" y es su "cielo en la tierra". De ahí que no contenta con sus prolongados tiempos de oración y adoración eucarística, durante toda su vida estableciera su oficina de trabajo en un local contiguo a la capilla a fin de permanecerle más cercana aún físicamente. Y por la misma razón pidió ser sepultada junto al altar del Santísimo, para que desde allí "aún sus huesos continuaran alabándolo".

Bien conocido es el gozo que para ella representaba todo cuanto se relacionara con la eucaristía: En primer lugar, la santa misa diaria constituía para tan privilegiada alma un verdadero banquete espiritual; las exposiciones de la divina Hostia; los Congresos eucarísticos, las Cuarenta Horas, las primeras comuniones; la elaboración y distribución gratuita de las hostias, porque "fabricar hostias, decía, es multiplicar comuniones" y ¡qué delicadeza en esta labor! Sin embargo, todo ello, no es más que la expresión, la exteriorización del inmenso y ardiente amor eucarístico que la consume y la impulsa a identificarse con el Amado: "Que aprenda a amarte mucho y a dar mi vida por el amor eucarístico". "Que aprenda a amarte mucho, no con los labios, sino identificándome con Vos".

El 6 de junio de 1923, día en que es regalada con una visión eucarística, nuestra Madre María escribe:

"Hace algún tiempo (desde 1920) siento un deseo muy grande en mi alma y oí que me pedías algo más. Comprendo que ese algo era el que me ofreciera como VICTIMA para reparar los ultrajes que sufres y recibes en el adorable Sacramento, y por la conversión de mis queridos pecadores. Desde el día que formalmente lo hice, se me quitó lo que sentía en mi interior".

En este día ratifica así su ofrenda:

"¡Oh, Jesús mío!, aunque indigna de ofrecerme como víctima, lo hago con todo mi corazón... Héme aquí dispuesta a lo que tu quieras . Tú eres el sacrificador, héme aquí en tus manos. Bien sabes que no soy sino una pequeña alma; no poseo más que una gran voluntad de trabajar mucho por reparar y salvar. Tú harás lo demás".

Este acto heroico sacrificial, expiatorio, se repetirá en diversas oportunidades entre los años 1928 a 1960, cuando ofrece su vida por la Iglesia, por Venezuela y por su Congregación religiosa. Esta faceta amerita un comentario:

Jesucristo es a la vez "sacerdote, víctima y altar", entregado a la muerte por adelantado en la eucaristía. Este es el sacramento del sacrificio de Cristo y a la vez el sacramento de la caridad, de la unión en su Cuerpo, su Cuerpo Místico. Por la eucaristía el cristiano entra en comunión con el sumo Sacerdote, Jesús, siempre vivo en estado de víctima incesantemente ofrecida al Padre. San Pablo afirma: "Suplo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo" (Col, 1,24)

Para un alma elegida, ser víctima espiritual con Cristo, significa ser llamada por él a participar de manera especial en su misión redentora mediante los sufrimientos, a expiar por los pecados ajenos. De ahí que la víctima elegida debe ser pura, como ofrenda de amor cristificado para bien de muchos. Según lo revelado en su propio relato escrito, la Madre María, ante la invitación de Jesús, a semejanza de la Virgen Madre por excelencia, dio su "SI". En la carta a los romanos leemos: "Os exhorto, hermanos por la misericordia de Dios, a ofrecer vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual" (12, 1).

Así vemos a nuestra Madre María viviendo en interioridad de amor, el aspecto kenótico de la Pascua: encarnación, pobreza, anonadamiento, obediencia hasta la muerte (Filip 2, 5-11); de ahí que le atraiga tanto el misterio de la encarnación en el que ve a Cristo anonadado igual que en la eucaristía. La salvación de las almas, le apremia: "¡Ay, Dios mío! ¡qué grande es el valor del alma! ¡Cómo quisiera evitar la pérdida de tantos que te ofenden! Espero que nos salvarás a todos en la sagrada llaga de tu costado, puerta abierta, en esa roca del divino amor, que guarda el adorable sacramento de la eucaristía" (E. 1956). "Meditando la grandeza de tu amor en el adorable sacramento y de cómo arde esa llama que ha encendido a tantas almas en ese fuego divino, siento santa envidia de ellas que, como el oro en el crisol supieron acrisolarse en el sufrimiento y en el amor, la santa caridad" (E. 1951).

Todo esto, a mi entender, no es más que una ratificación de aquel querer vivir "entre el calvario y la eucaristía", de "hacerse" eucaristía en el Amado. Utilizo la simbología del pan: El símbolo del "pan de vida" empleado por Jesús en su predicación (Jn. 6,34), pasó a ser realidad sacramental. Por la consagración eucarística, el pan se convierte en Cristo. Cristo es el Pan de Dios, Pan de vida eterna. El pan, alimento cotidiano y común, evidencia un proceso significativo. Es la semilla desgranada, triturada, amasada y cocida al fuego. Así procesado, es ofrecido como alimento que, una vez consumido y asimilado, se transforma en vida. Igual podría decirse del vino. Más que de "devoción" eucarística de nuestra Madre María, debe hablarse de su "vocación" eucarística, de su carisma, según se desprende de todas sus manifestaciones: Dejarse triturar, amasar y ser sometida a la acción del fuego del Espíritu, en una dimensión de HOSTIA con Jesús y como Jesús, "acrisolada en el sufrimiento y en el amor, la santa caridad". En su ardiente comunión con la Hostia divina y en la configuración progresiva con ella, aprendió a darse en "comunión" como pan de amor fraterno, porque "quien dice que ama a Dios y no ama a sus hermanos, es un mentiroso" (1 Juan 4, 20)

Es fácil deducir pues, por qué la caridad fue la más grande virtud de nuestra Madre María, desde una actitud de profunda humildad y anonadamiento en Cristo.

A manera de síntesis, las notas eucarísticas de su espiritualidad son: Inmolación, anonadamiento, humildad, pobreza, obediencia, reparación, silencio, acción de gracias, alabanza, adoración, intercesión, comunión fraterna, caridad.

¡Cómo anhelaba que el mundo entero ardiese en este amor eucarístico!. "Mi gran Padre Pío X - escribió en una nota sin fecha - a quien mucho amé y amo por su amor a la adorable Hostia... Ojalá todos los Papas, arzobispos, obispos y sacerdotes encendieran el mundo en el amor de este divino Sacramento!".

Porque la eucaristía "es la vida de las almas", desde los orígenes de su Congregación, insiste y no descansa hasta obtener de las autoridades eclesiásticas las requeridas licencias de entonces para instalar en sus comunidades el divino Sacramento. Su correspondencia escrita así lo avala. ¡Es que no podía admitir una comunidad religiosa sin la presencia del "Amor de los amores". "Teniendo a Jesús Sacramentado, lo tenemos todo".

En relación a las fundaciones, es una auténtica misionera de la eucaristía en medio de los pobres. Junto a la beneficencia y a la evangelización, les lleva la presencia eucarística: En las crónicas fundacionales escribe: "Fue bendecido el Hospital (Antituberculoso Padre Cabrera) de los Teques e instalado el augusto Sacramento de nuestros altares, PARA ALIVIO DE LOS POBRES Y CONSUELO DE SUS ESPOSAS" (1919). Ya se aproxima el gran día en que un sagrario más podemos ofrecer al celestial esposo. YA LAS PENAS Y LAS POBREZAS, serán aliviadas con la dulce presencia del Dios de nuestros altares, la por siempre amada, la adorable eucaristía" (1942)

Conviene pormenorizar en relación a algunas costumbres comunitarias en la cotidianidad:

* ¡Cómo nos enseñaba en ellas el respeto, la reverencia y la delicadeza con Jesús Sacramentado!

* El no permitirse conversaciones en la capilla ni perturbar la oración de las que en ella se hallaban.

* El silencio en los locales adyacentes a la capilla donde el Santísimo estaba expuesto.

* El mantenerse un tiempo prudencial en acción de gracias después de haber comulgado.

* Las visitas al Santísimo y las comuniones espirituales.

* En los actos de comunidad en la capilla comenzar con esta invitación: "Avivemos nuestra fe en LA presencia de Jesús Sacramentado", es decir un acto de fe orientado a recordar que en esa Hostia está Jesús vivo.

* El canto del Alabado al iniciar las recreaciones comunitarias cada día: (*)

Alabado sea el Santísimo
Sacramento del altar
y María concebida
sin pecado original.
María, madre de gracia,
madre de misericordia
en la vida y en la muerte
ampáranos gran Señora.

Hazme pura esclava vuestra
fiel ESPOSA de Jesús;
hazme amante al sacrificio
y abrázame con la CRUZ (bis).