4. Contemplación


Al hablar de la contemplación, san Agustín la define como "una santa embriaguez que aparta al alma de la caducidad de las cosas temporales y que tiene por principio la intuición de la luz eterna de la Sabiduría" (Contra Faustum Manich. 1.12 c.48).

En resumen puede decirse que contemplar en sentido cristiano, es extasiarse en el Amado. Y de ello nuestra Madre María fue alma experimentada. De forma extraordinaria, su adoración y contemplación estuvo orientada hacia la presencia real de Cristo en la eucaristía. "¡Cómo quisiera vivir tan solo para él -exclama- ¡Cómo quisiera no tener más ocupación que adorarlo día y noche en el augusto Sacramento!" (carta sin fecha). "Cuando he podido pasar un día entero a los pies de mi dulce eucaristía, no sé cómo hablar de otra cosa, y aunque quisiera, no sabría qué decir. Nada sé decir de mi adorado Jesús" (1922). No es asunto de "palabras", ni de prolongados rezos. Es experiencia profunda de la cercanía amorosa de Dios en el silencio activo del Espíritu. Contemplar y adorar, extasiarse en el Amado: oración transformante, santificadora.

Escribe un autor: "La gracia de la contemplación sobrenatural es altamente santificadora del alma; más aún, suele llevar a la más eminente santidad". Es un Don de Dios, y como tal imposible de ser producida por el hombre mismo. Sin embargo se habla de "disposiciones" por parte de la persona, como son:

" Gran pureza de alma: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios".

" Simplicidad espiritual: ver todo a través de Dios.

" Humildad de corazón.

" Profundo recogimiento interior.

" La práctica cada vez más intensa de las virtudes cristianas.

" La práctica asidua de la oración.

" Tierna y entrañable devoción a María Santísima.

Estas "disposiciones" en su totalidad se dieron en la Madre María de San José.

En el Congreso especial en Roma, constan las afirmaciones siguientes:

"Sus escritos espirituales evidencian este inconmensurable amor a Dios. Habla de Dios como una enamorada y su lenguaje es propio de un alma contemplativa, o mejor de un místico" (Voto IX).

"En un atento análisis, el documento revela toda la madurez espiritual de la protagonista y en particular de su vida de fe, jamás desvinculada de su lucha interior y jamás satisfecha de los resultados obtenidos, acompañada y sostenida por gracias que osaría definir como místicas" (Voto VIII).

"La gracia divina, con todas las virtudes que la acompañan, toma siempre más posesión de su alma, la cual en su generosa y constante respuesta, alcanza la condición de una íntima unión con Dios, de lo cual son indicios reveladores los repetidos ardientes coloquios con Dios registrados en su diario" (Voto VI).

Su oración es búsqueda y al mismo tiempo respuesta a las gracias recibidas de Dios. A medida que se interna en Dios "en el Espíritu Santo" , su trato cada vez más íntimo con él, se convierte en fuente de caridad fraterna.

La relación directa entre oración y caridad, fue claramente detectada y expresada por los censores teólogos cuando afirman:

"La Madre María es una mujer que supo fundir de manera admirable oración y acción. Esto le permitió vivir "entre el calvario y el altar, la cruz y la eucaristía", consumándose en un amor ilimitado hacia Dios y en la práctica de la más genuina caridad hacia el prójimo". (Voto I).

En la sierva de Dios impresiona sobre todo su ilimitado amor a Dios, nutrido por una constante actitud de oración y por una total dedicación al prójimo (Voto VI). "Sólo el contemplativo puede hablar sinceramente de Dios; sólo él tiene capacidad muy honda de intuir necesidades, de ofrecer la ayuda eficaz, porque viviendo sumergido en Dios, descubre sencillamente al hombre, lo ama, lo sirve, es capaz de dar la vida por él" (Card. Pironio, ob. cit. Pág. 243).

Desde su interioridad contemplativa, la Madre María llevó a los otros lo contemplado: es la oración agustiniana; es el Dios saboreado, gustado y entregado, a imitación de María Santísima.