3. Adoración


"La llamada a la santidad - recuerda S. S. Juan Pablo II- es acogida y puede ser cultivada sólo en el silencio de la adoración ante la infinita trascendencia de Dios" y este silencio cargado de presencia divina debe impregnar todas las dimensiones de nuestro vivir (Vida Consagrada, Nº 38).

"Toda la vida del religioso tiene que adquirir esa dimensión profunda, constante, clara, de adoración, de permanente invitación a la adoración: "Venid adoremos al Señor"... Adorar no es simplemente estar delante del Señor de una manera pasiva. Es reconocer que solamente en él se puede realizar en un solo acto la oblación de nuestro ser; nuestra existencia llega a su plenitud. Lamentablemente hemos perdido el sentido de la adoración... hemos dejado un poco de lado el silencio activo en que el Espíritu Santo obra, el Señor habla y el alma se ofrece totalmente en silencio. La adoración significa reconocimiento y gratitud; experiencia de la cercanía de Dios y alabanza ("te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias"); inmolación plena de sí mismo y perfecta disponibilidad de servicio" (Car. Pironio, ob cit. 1981, pág. 250). La cita, tal vez un poco extensa, es muy importante; no merece mutilarla. Encierra el sentido de las palabras de Cristo Maestro: "El Padre quiere adoradores en espíritu y en verdad" (Jn 4, 23).

Es ésta la dimensión más honda de oración de la Madre María de san José. El reconocimiento profundo de su nada de criatura imperfecta ante la soberana majestad de Dios, ante quien se inmola en silencio de amor y de entrega. De ahí sus notas características de caridad fraterna y fecundidad apostólica.. Oración y vida constituyen una unidad en el Espíritu. La Madre María gozó de esa gran unidad interior, porque para ella no hubo momentos para adorar y momentos para servir; tiempos para contemplar y tiempos para trabajar; horas para Dios y horas para el hombre. El amor, la caridad es una.