2. Oración de súplica e intercesión


El alma que realmente vive en Dios, no es intimista, no vive sola: lleva en sí el Reino de Dios; le aguijonea el "sitio", [sed] de Jesús en la cruz: "Sed tengo"; sed de almas, sed de amor, de salvación. Por eso, apoyada en los méritos del Redentor, clama, suplica por sí y por todos, en privado y en comunidad. Refiriéndose a su padre, escribe: -¿Qué no haremos por la salvación de un alma? Y si es la de un padre o una madre, ¿qué no seremos capaces de hacer?. "¡Un alma! ¡cuánto me preocupan las almas!"

Al dirigir en voz alta la oración comunitaria en la capilla, su voz se revestía de un acento particular, de una unción tan especial que conmovía hasta las lágrimas, sobre todo cuando pedía por la conversión de los pecadores. Entonces su voz se quebraba de tristeza y dolor: "mis queridos pecadores", decía, "mis pobrecitos pecadores", sintiéndose ella misma pecadora e ingrata. Este amor hacia los pecadores la llevó a establecer en la comunidad una hora de adoración por su salvación, los viernes a mediodía.

Pedía también gracias temporales, salud para las Hermanas, auxilio económico para sus fundaciones, la mayoría de las veces en situaciones precarias; para el sostenimiento de las obras, y su confianza jamás quedó defraudada.

En una oportunidad, el organismo oficial que le suministraba un pequeño subsidio para el asilo, exigió el informe económico de ingresos y egresos de la institución. Al comprobar el monto de los gastos, muy superior a la suma asignada, de nuevo le enviaron las planillas solicitando consignara por escrito la "otra" fuente de ingresos recibidos. Sin pensarlo dos veces, al pie de la misma página, escribió: "La Divina Providencia", y regresó los papeles.

Sabemos cuánto oraba por la Iglesia, por la patria, por sus pobres y huérfanos.

Peculiar costumbre suya fue llevar entre sus manos el rosario y una imagencita de la santísima Virgen; rosario que desgranaba constantemente mientras las circunstancias se lo permitieran y así hasta el final.

Próxima su muerte, durante la cuaresma, rezó el vía crucis con los brazos extendidos en forma de cruz y en otra ocasión estuvo de rodillas cerca de dos horas ante el Santísimo Sacramento. Y cuando ya en los momentos finales, no lograba articular palabra, clavó su profunda mirada en el crucifijo de su habitación, lo cual es signo de una forma de oración que sólo ella podría describir.