I.- EN EL MISTERIO DE DIOS


El Evangelio es la palabra de Dios, y los santos son evangelios vivos, "palabras" de Dios al mundo. A través del Evangelio, pues, intentaremos estudiar la espiritualidad de María de San José, ya que ella encarnó esa Palabra de una forma concreta y específica, en permanente docilidad a Dios a imitación de María santísima: "Hágase en mí".

En primer lugar: ¿Quién es Dios para ella? ¿Cómo "vive" a Dios?

No es humana casualidad que sus escritos o notas espirituales comiencen con una expresión de acción de gracias por su BAUTISMO, por el cual se convierte en hija de Dios y de la Iglesia, acción de gracias que renovará cada año. En este sacramento fundamenta su vida espiritual. Emerge entonces la profunda vivencia de su filiación adoptiva: Dios es Padre.

Desde sus primeros balbuceos en Choroní hasta los finales días de su ancianidad en Maracay, su existencia toda queda enmarcada en la hermosa frase "Papá Dios". Dios es ese padre amoroso y bueno, que le dispensa muestra de especial ternura, a las que ella responde con espíritu filial.

El siguiente párrafo de sus escritos en 1906, habla por sí mismo:

"Yo soy muy feliz porque este año, en sus últimos meses os habéis dignado visitarme con la dulce enfermedad que llena mi alma de grandes consuelos. Termina este año, pero termina para mí con la alegría de estar abrazada con la cruz de mis dolores... ¿Cómo he de quejarme por mis dolores, ni por lo que sufro en esta enfermedad? No, no puedo hacerlo, porque la mano bendita que me los envía es la mano paternal de un Padre amoroso que me ha colmado de gracias desde mis primeros años; esa mano divina que ha derramado tantas gracias sobre mi alma es la misma que me envía esta dulce enfermedad. Bendita sea una y mil veces. ¡Qué bondad de Dios tan inmensa! ¡Qué misericordia sin igual! No me quites el consuelo de sufrir estos dolores; no os pido sino paciencia para sobrellevarlos con alegría, que hasta hoy me habéis concedido".

La citada enfermedad duró siete años, lo que la imposibilitó de "hacer los Santos Ejercicios Espirituales desde 1907 hasta 1914 ... Bendigo esa inefable bondad".

En sus apuntes de estilo coloquial encontramos toda una constelación de nombres aplicados a Dios y a Cristo en los que resplandece siempre gran ternura y reverencia; en ocasiones asombro.

Si las páginas de su vida espiritual se abren con el dulce nombre de "Papá Dios", a medida que va internándose en el misterio divino, va descubriendo al "Señor", "Señor y Creador", "Señor y Padre", "Padre de Misericordia", "Divino Juez", "Padre y Esposo amante y misericordioso".

En el fondo subyace siempre este temor reverencial que custodiará con exquisitez la diáfana pureza de su alma.

Así lo expresa en sus escritos en varias ocasiones:

"El sabe que no quiero desagradarle en nada. Hasta hoy su infinita bondad me ha librado de hacer nada, nada deliberadamente". (1945). "Esos felices días [de la escuela] los tengo muy presentes y los veo limpios de todo pecado, desde mis cinco años hasta los diecisiete en septiembre del 91 que fue mi último examen. Nada tengo que tacharme... ¿A quién debo tamaño favor? Al Dios tres veces santo, a la misericordia de Dios, nada más". (1954).

En otra ocasión agradece a Dios el "no haber salido nunca de la casa paterna": Hace alusión al hermano del hijo pródigo en la parábola de Lucas (15, 11-32). "Recorro todo este tiempo y me avergüenzo de tanta miseria; pero aún tengo tiempo; este momento puede ser el principio de mi conversión. Así lo espero, esposo muy amado de mi alma, que si es verdad que me he portado mal, también es cierto que no he cometido ninguna falta deliberada, lo debo esto a tu infinita misericordia, pero me reconozco ingrata" (21 de enero de 1927).

Esto es vivir en radicalidad los compromisos bautismales. Es vivir en profundidad la adopción filial en Cristo.

Dos actitudes fundamentales.

La fe viva en ese Padre, "Padre y Señor", genera en Laura Alvarado dos virtudes claves en su vida: la docilidad y la confianza.