PERFIL BIOGRÁFICO DE LA BEATA MADRE MARÍA DE SAN JOSÉ


Choroní, Estado Aragua, fue su pueblo de origen. Allí fue bautizada y allí transcurrieron los primeros años de su niñez en el seno de un hogar cristiano donde se reveló amante de la virtud, el retiro, la oración y el servicio fraterno.

Establecida con su familia en Maracay, los nuevos derroteros de su vida fueron orientados por el Cura y Vicario de esta ciudad, Presbítero Vicente López Aveledo, esclarecido y santo sacerdote proveniente de Caracas. ¿Su máximo ideal? Ser toda de Dios, ser su esposa, toda de él y para siempre. Su inclinación permanente, la vida conventual, hubo de ser sacrificada ante los inescrutables designios de Dios. No existió en ella intención de fundar Congregación: lo aceptó como una cruz.

La recién nacida Congregación (1901) asesorada por el Padre López Aveledo, toma por nombre: "Hermanas de los Pobres de San Agustín", adopta la Regla de este gran Doctor de la Iglesia y el hábito de Santa Rita de Casia, agustina. Se propone el servicio "a los pobres de Nuestro Señor Jesucristo" y sobre esta base son redactados los primeros Estatutos, que, en 1903, presentara el Padre López Aveledo ante el Vicario Provisor de Caracas para su aprobación.

Laura Alvarado Cardozo asume el nombre de Hermana María de San José y desde entonces recae sobre sus hombros la pesada cruz del superiorato, que llevará fielmente hasta poco antes de su muerte.

El itinerario de la Sierva de Dios durante su juventud y los primeros años de fundadora, está signado por una vida de abnegación y oración; ascesis, humildad, pobreza, obediencia y caridad. Su continuo trajinar, exigido por el establecimiento de una nueva familia y las sucesivas fundaciones benéficas en medio de extrema pobreza, se ve regido por su gran confianza en Dios Padre, en actitud serena y reposada, índice de su permanente unión con Él.

Su salud es precaria. A raíz del deceso de Don Clemente, su padre, en 1899, vive en absoluto ayuno, según prometió al Señor. Gravemente enferma en 1906, espera la muerte con ansia: quiere unirse pronto a su Dios y Señor. Por obediencia, debe mitigar su austeridad. Su más grande alimento: la Divina Eucaristía. Ofrece entonces la vida en expiación de sus pecados y se mantiene, sin embargo, en continua espera del Amado de su alma.

Al fallecer el Padre López Aveledo, a quien se le llama "Nuestro Padre", (1917), la Congregación, a sólo 16 años de fundada, queda bajo su responsabilidad, hecho que acentuará su fe en la Divina Providencia y pondrá de manifiesto su temple de mujer fuerte. Por sobre todo lo que pueda suceder, está empeñada en su grandioso ideal: ser santa: "Adelante, Jesús mío, el ideal que persigo eres Tú y sólo Tú: nada me arredra".

Así transcurrió su existencia: "La vida es una completa batalla -escribe- pero ya estoy avezada a todo". Y en otra ocasión confiesa: "Siempre estoy muy bien, con mil penas y amarguras encima, pero adelante! como Dios sea glorificado, no me importa nada".

Jamás se le vio agobiada por el peso de los años; es más solía repetir: "me siento en mis quince" o "en mis diecisiete", cuando había comenzado a servir al Señor. Así se explica cómo pudo dirigir la Congregación hasta muy avanzada edad.

El declinar de su vida totalmente entregada, fue suavizando su recio carácter, e imprimiéndole un tinte de majestuosa mansedumbre. Su esperanza en la eternidad, se tornaba con frecuencia, en dramáticas dudas sobre su salvación, lo que la impulsaba a elevarse desde la profunda experiencia de su miseria hasta la infinita misericordia de su Dios, a la cual se aferraba con mayor confianza y amor filial.

Después de haber superado sucesivas gravedades, a partir de 1966, su salud comenzó a resentirse de manera muy especial. Sería su última enfermedad y sufría, más que por este hecho, por verse necesitada de ayuda para los más personales e imprescindibles servicios.

En medio de intensas purificaciones íntimas, conservó lúcidas sus facultades mentales y mantuvo la misma tónica espiritual de toda su vida: humildad, caridad y penitencia, cifrada en una profunda vivencia eucarística y expresada en total abandono a la voluntad adorable de su Dios: "Soy toda de él, que haga conmigo lo que quiera".

Su abrasado amor y férrea voluntad, la llevaban a realizar verdaderos esfuerzos: quería morir en la capilla, al pie de la Divina Eucaristía, y allí pidió ser sepultada, muy junto a ella, en la Sacristía del Asilo, en su querido Maracay.

No la sorprendió la muerte. La esperaba, la deseaba desde sus más tiernos años: significaba para ella la donación total y definitiva al Amado de su alma. Rodeada del cariño y veneración de sus hijas, murió en su lecho de penitente, el 2 de abril de 1967, a las doce del día y cuando contaba 92 años de edad.